El derecho a una muerte digna: el caso Maynard


La elección de la joven Maynard

Susana E. Sommer

La muerte de Brittany Maynard nos ha estremecido y merece algo más que una profunda reflexión. A principios de este año se le había diagnosticado una forma muy agresiva de cáncer de cerebro y los médicos le dieron seis meses de vida. En el último tiempo su salud se fue deteriorando rápidamente. Decidió emprender alguno de los viajes más deseados junto con su esposo, Dan Díaz. Fueron al Yellowstone National Park, en Alaska, y su último paseo fue al Gran Cañón del Colorado. Consideraba que el mundo era un hermoso lugar y que viajar era una de las mejores experiencias.

Brittany era joven, tenía 29 años, sabía que tenía una enfermedad terminal y quiso decidir cómo morir. E hizo su elección: consideró que ella podía escoger cómo morir, que podía decidir el día, y también juzgaba que era libre de cambiar de opinión y que esa decisión le pertenecía. Por todas esas razones se mudó con su esposo a Oregon, un estado donde es legal prescribir una droga letal a pacientes terminales que así lo soliciten.

Los requisitos para poder obtener la prescripción son que los enfermos deben ser mayores de edad, deben poseer capacidad para tomar y comunicar decisiones sobre su salud y tienen que ser capaces de ingerir la droga sin la ayuda de un tercero.

Brittany Maynard era una persona que amaba la vida, que gozaba de los viajes. Sostenía que era importante buscar el sentido de la vida y sostener y apoyar las cosas en las que creemos. Expresó con total claridad que no era una persona suicida, y que a pesar de no desear morir se estaba muriendo, y ante esa realidad prefería hacerlo en sus propios términos.

Es así que el 1º de noviembre Brittany Maynard decidió tomar la píldora que puso fin a su vida. Se despidió de sus seres queridos y de sus amigos y murió pacíficamente rodeada por las personas que más quería, su esposo y su madre. Una decisión que algunos apoyarán y otros cuestionarán.

Los que cuestionan su decisión consideran que no tenemos derecho a tomar este tipo de disposiciones, consideran que permitir este tipo de prácticas se puede prestar a abusos, que no es el rol de los médicos ayudar a morir y que la alternativa posible son los cuidados paliativos.

Sin embargo, el respeto a la autonomía personal implica el derecho a tomar decisiones respecto de planes de vida, el derecho de los pacientes a rechazar tratamientos que prolonguen el sufrimiento, y la posibilidad de acceder a una muerte digna, con posibilidad de tomar decisiones respecto del cuerpo y la propia vida y respetando sus propias convicciones y valores.

Susana Sommer es una bióloga argentina con una dilatada carrera profesional en la que no han faltado interesantes incursiones filosóficas en el campo de la ética, la ciencia y las cuestiones de género.

La Nación 4 de noviembre 2014

Gracias a la vida

Carlos Gabetta

Al escribirse estas líneas, el viernes 31, el mundo entero esperaba la decisión final de Brittany Maynard, la joven estadounidense afectada de un cáncer cerebral terminal. Había anunciado que se suicidaría legalmente el 1º de noviembre, luego de visitar el Cañón del Colorado y festejar el cumpleaños de su marido, aunque también dejó entrever que podría postergarlo “hasta que ya no pueda manejar mi vida”.

El caso es muy conocido. El diagnóstico médico concluyó que a Brittany le quedan unos pocos meses, durante los que irá perdiendo la conciencia del mundo exterior, su cuerpo se deformará y sufrirá dolores atroces. Una larga, cruel y humillante agonía. De modo que Brittany se decidió por la eutanasia (del griego “buen morir”), prestándose para una campaña de las asociaciones que bregan por ese derecho, reconocido en sólo cinco estados de su país.

Las polémicas que el caso ha provocado, expandidas por internet (https://www.youtube.com/watch?v=W0eVum0weKg), no han hecho sino actualizar y globalizar un viejo y nada banal asunto, nunca resuelto del todo. Los antiguos, desde los galos, celtas, vikingos y nórdicos, pasando por los chinos hasta Grecia y el Imperio Romano, aceptaban o no condenaban el suicidio. Lo justificaban en diversas circunstancias, como vejez, viudez, desamparo o mala salud. También por cuestiones de honor, lealtad, una muerte vergonzosa y, en la India, por razones litúrgicas o religiosas. Despreciaban en cambio el suicidio sin una causa aparente o por cobardía. Con los matices del caso, los filósofos estoicos, pitagóricos, epicúreos, platónicos y aristotélicos lo consideraron justificable.

Hasta que se impusieron las religiones monoteístas y la idea de que, si hay un Dios que decide sobre la vida y la muerte, quitarse la vida resulta un pecado mortal. Un absurdo para la razón dado que, si Dios todo lo decide, por qué no considerar que los seres que por diversas razones se quitan la vida lo hacen por Su decisión, ya que si así no fuese, no podrían ejecutar el acto. Reflexión que en última instancia valdría para cualquier crimen, excusándolo ante las leyes terrenales. En cualquier caso, los miles de millones de seres que adoptaron esos preceptos instalaron la opinión contraria al suicidio y hasta consiguieron que las leyes les dieran la razón.

Y aquí estamos. Para la civilización, se trata de legislar sobre un momento supremo del concepto de libertad: aquel en que un sujeto, por razones atendibles, reclama ejercer pleno derecho sobre su propia vida. Brittany es el caso, entre tantísimos, de alguien que en brevísimo plazo morirá inevitablemente. Esa vida ha escapado por completo al control de la sociedad, pero no al de la propia Brittany, que sólo tiene una opción: elegir el modo de morir. Su último acto de decisión propia, de humano ser viviente.

En el fondo, la discusión gira sobre sí misma, ya que si ninguna ley o precepto puede detener a un suicida decidido, ya sea creyente, agnóstico o ateo, cada cual arramblará las consecuencias de su actitud. Y puesto que todos acabarán por morir, vaya uno a saber luego si unos y otros han ido a parar al infierno, al paraíso o a la pura nada.

El punto es, entonces, cómo vive cada uno su propia muerte; no en abstracto, sino cuando le toca. Cuando al viejo Heráclito le preguntaron cómo estaba, respondió: “Aquí, viviendo mi muerte y muriendo mi vida”. Más cerca en el tiempo y entre nosotros, el médico, psicoanalista y militante social Fernando Ulloa, en sus últimos días y totalmente consciente de la inminencia de su muerte, respondió a un amigo, que le pedía que se cuidara, que dejase de trabajar en un nuevo libro: “Querido, para morirse hay que estar vivo”.

Cualquiera sea la actitud ante la muerte, lo civilizado es entender y respetar en cada cual ese momento único, el más íntimo que pueda imaginarse, de reflexión sobre el sentido de la vida. Algo así como mirarse por única vez en un espejo interior al que ningún otro puede asomarse.

Carlos Gabetta es periodista y escritor. Acaba de publicar, junto a Mario Bunge, ¿Tiene porvenir el socialismo? (EUDEBA)

Perfil 2 de noviembre 2014

Fuente: sin permiso

Acerca de Dempeus per la salut pública

Col·lectiu de persones en defensa de la salut pública
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