Biotecnología: alimentos y farmácos


Este interesante artículo nos lo envía nuestro amigo Fernando Comas, al que seguimos en su blog Pharmacoserias  

Innovación biotecnológica en otros campos: Los alimentos genéticamente modificados y la movilización social. Similitudes y diferencias con la innovación biotecnológica farmacéutica

Tatiana Andia ReyPara explicar la trayectoria de los movimientos sociales anti-transgénicos, el artículo de Schurman y Munro analiza las diferencias entre el activismo británico y el activismo estadounidense. En particular, sugiere una explicación para el hecho de que el primero (británico) haya logrado influenciar las políticas regulatorias referentes a la introducción de OGM en la producción de alimentos y el segundo (estadounidense) haya alcanzado solo un cierto nivel de impacto sobre la opinión pública, pero sin mayor influencia sobre las decisiones gubernamentales al respecto. El movimiento británico data de los años 80s y en un principio, antes de que la tecnología hubiera producido resultados concretos, se concentró en combatirla mediante “contra-experticia”, es decir, identificando desde el punto de vista científico los posibles riesgos para la naturaleza y la salud, y obligando a las agencias regulatorias a adoptar una aproximación precavida y mesurada frente al tema.

Por Tatiana Andia Rey
Consultora de Asuntos Económicos y Propiedad Intelectual
Observatorio del Medicamento – Federación Médica Colombiana

Todos hemos oído hablar alguna vez de los “alimentos genéticamente modificados” o “transgénicos”, así como hemos experimentado, en contraposición, el reciente boom en la oferta de “alimentos orgánicos”. Los transgénicos son alimentos que contienen insumos o que utilizan en su producción tecnología de modificación genética. Dicha tecnología hace parte de lo que se considera más generalmente como innovación biotecnológica y, así como la biotecnología farmacéutica, consiste en introducir cambios en las secuencias de ADN mediante ingeniería genética[1].

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con la biotecnología farmacéutica, que en general es percibida positivamente como un avance científico que podría llevar a la cura de enfermedades como el cáncer y la artritis, entre otras; la biotecnología agrícola, ha sido identificada como algo negativo y “anti-natural”, y por lo tanto ha sido objeto de fuerte oposición por parte de amplios sectores de la opinión pública.

Desde 1996 los grupos de activistas, especialmente europeos, han jugado un papel activo en la generación de dicha oposición a los organismos genéticamente modificados (en adelante, OGM). En efecto, estos grupos lograron que se introdujeran en Europa regulaciones específicas para esta tecnología, entre las que se incluye una moratoria de 6 años (entre 1998 y 2004) establecida por el Parlamento Europeo para la aprobación de cultivos genéticamente modificados, así como políticas especiales de identificación y trazabilidad para los productos que contuvieran OGM. Además, consiguieron que la mayoría de los grandes supermercados no incluyeran OGM en los productos de sus marcas propias e incluso que se comprometieran a no vender en absoluto alimentos que contuvieran OGM.

Independientemente de si se está de acuerdo o no con la visión de dichos activista europeos sobre los OGM, lo cierto es que en gran medida la trayectoria de la innovación biotecnológica agrícola se vio considerablemente afectada por estas campañas de desprestigio, y dada su relevancia para el caso de la innovación farmacéutica, vale la pena entender cómo se dio este proceso.

Este es precisamente el argumento del libro de Rachel Schurman y William Munro, “Making Biotech History: Industry, Science and Social Activism“ (Construyendo la historia de la biotecnología: industria, ciencia y activismo social) que se publicará el próximo año (2010) y que muestra cómo la controversia en torno a los “transgénicos” transformó la historia de la biotecnología. El libro nos muestra además cómo las dos visiones encontradas con respecto a los OGM representan, en últimas, dos formas distintas de ver el mundo, una en la que prima el discurso de la audacia innovadora y la confianza en la tecnología, y otra en la que prima el discurso de la conservación, la humildad frente a la naturaleza, el conocimiento de los intereses económicos detrás de los esfuerzos innovadores y la consecuente precaución que habría que tener frente a la tecnología.

Para comprender mejor lo sucedido con los movimientos sociales anti-OGM, y para lograr hacer un vínculo entre el campo de la innovación agroindustrial y el de la innovación farmacéutica, reseñaré brevemente el análisis y las conclusiones hechas por los mismos autores en un artículo publicado muy recientemente en el American  Journal of Sociology y titulado “Targeting capital: A cultural economy approach to understanding the efficacy of two anti-genetic engineering movements” (Identificando el capital: una aproximación de economía cultural para entender la eficacia de dos movimientos de anti-ingeniería genética)[2].

El éxito de la movilización social anti-transgénicos

Para explicar la trayectoria de los movimientos sociales anti-transgénicos, el artículo de Schurman y Munro analiza las diferencias entre el activismo británico y el activismo estadounidense. En particular, sugiere una explicación para el hecho de que el primero (británico) haya logrado influenciar las políticas regulatorias referentes a la introducción de OGM en la producción de alimentos y el segundo (estadounidense) haya alcanzado solo un cierto nivel de impacto sobre la opinión pública, pero sin mayor influencia sobre las decisiones gubernamentales al respecto.

El movimiento británico data de los años 80s y en un principio, antes de que la tecnología hubiera producido resultados concretos, se concentró en combatirla mediante “contra-experticia”, es decir, identificando desde el punto de vista científico los posibles riesgos para la naturaleza y la salud, y obligando a las agencias regulatorias a adoptar una aproximación precavida y mesurada frente al tema.

Más aun, a partir de 1996, cuando se comenzaron a introducir los primeros productos con OGM en Europa, el movimiento diversificó su estrategia y comenzó a influir en los potenciales consumidores y en las cadenas de supermercados. Es así como los movimientos anti-OGM británicos y europeos crearon un imaginario de los transgénicos que los identificaba con algo poco natural, desconocido y potencialmente muy riesgoso. Adicionalmente concentraron sus campañas en contra de la transnacional Monsanto[3], e iniciaron otra serie de campañas dirigidas a las grandes cadenas de supermercados y a los consumidores, con el fin de forzarlos a no comercializar ni consumir alimentos que contuvieran OGM.

Entre las herramientas que los activistas usaron para impactar a los consumidores estaba un novedoso manual dirigido a compradores, con el fin de que pudieran fácilmente identificar y evitar comprar los productos que contuvieran OGM. Así mismo, establecieron mecanismos de control mediante encuestas sobre las políticas de los grandes supermercados frente a los alimentos con OGM.

Por el contrario, los grupos activistas estadounidenses, si bien tuvieron una estrategia similar, fueron mucho menos exitosos que los británicos. En efecto, la mayoría de las agencias reguladoras norteamericanas continuó teniendo una aproximación pro-biotecnología (muy similar a la que pudimos ver frente al tema de protección de datos para medicamentos biotecnológicos en la entrega anterior de esta serie), a pesar de las múltiples demandas legales y comunicaciones en contra emitidas por grupos de la sociedad civil.

La explicación para esta diferencia en efectividad entre los dos movimientos sociales, el británico y el estadounidense, está en los distintos niveles de receptividad de los consumidores, de los supermercados, de los agricultores y de las agencias regulatorias, en los dos países. En particular, los autores sugieren, por ejemplo,  que la cultura económica de los supermercados británicos era más vulnerable a la presión de los activistas ya que el ambiente era fuertemente competitivo, por lo que un pequeño incremento o una pequeña disminución en la cantidad de consumidores eran cruciales para cada compañía. Así mismo, la cultura de los consumidores británicos, si bien no era tan susceptible a cambios en la calidad (como la de los franceses, por ejemplo), si era bastante susceptible al discurso de los riesgos para la salud que podían producir los alimentos genéticamente modificados.

Por el contrario, en EE.UU. había pocas compañías comercializadoras (grandes superficies) aunque diseminadas por todo el país y tenía un poder concentrado ya desde los años 90, por lo que eran mucho menos vulnerables a las amenazas de boycotts o sabotajes por parte de los consumidores. Así mismo, los consumidores tradicionalmente confiaban en la información provista por las compañías, confiaban en las agencias regulatorias y confiaban en las corporaciones, lo que tampoco facilitó la tarea de los activistas que intentaban impactar  las conciencias de los compradores.

Por otra parte, en lo referente a la producción, los agricultores británicos no tenían una relación estrecha con las compañías de biotecnología y no producían extensivamente maíz ni soya (dos de los productos con mayor desarrollo en OGM), lo que también facilitó la influencia de los movimientos sociales. En cambio, los agroindustriales estadounidenses tenían y tienen aun hoy una relación muy cercana con las compañías de semillas e insumos biotecnológicos, en la medida en que esta industria se ha encargado de ofrecerles a los agricultores beneficios económicos significativos. Por esta razón, los grupos de activistas tampoco pudieron influir efectivamente en los agricultores.

Similitudes y diferencias entre la biotecnología agrícola y la farmacéutica

El paralelo entre el caso de la tecnología de OGM y lo que ha sucedido y podría suceder con la innovación biotecnológica en el sector farmacéutico, hace relevante identificar puntos de convergencia y divergencia entre el sector de los alimentos y el de los medicamentos:

La principal similitud que existe sin duda entre los dos sectores, el agrícola y el farmacéutico, en lo referente a biotecnología, es el impacto que ambas industrias tienen en la vida de los seres humanos. Ambas industrias impactan directamente dos medios de la  “vida buena”, la alimentación y la salud, por lo que sin duda son absolutamente prioritarias.

La segunda gran similitud entre los dos sectores y su incursión en la biotecnología es precisamente la complejidad y sofisticación técnica de las innovaciones a las que nos enfrentamos. El efecto más evidente de dicha sofisticación técnica es las dificultades que enfrentan los movimientos de la sociedad civil para producir y diseminar información de forma accesible para todos los públicos. En este sentido, la experiencia de la movilización social en torno a los alimentos genéticamente modificados podría ser un buen ejemplo a seguir en la medida en que lograron combinar estrategias de “contra-experticia” a la vez que fueron capaces de producir materiales asequibles para la mayoría de la población.

En cuanto a las diferencias, la más sobresaliente es que si bien en el caso de los alimentos con OGM existía la posibilidad de privarse de los mismos como una medida de precaución frente a los riesgos que implicaban, lo mismo no se puede decir de los medicamentos biotecnológicos, que muchas veces se constituyen en aquello que separa la vida de la muerte.

Es precisamente por esto que el movimiento social global sobre “transgénicos” era un movimiento que avocaba, en un principio, por la eliminación de los mismos; mientras que el movimiento global frente a los medicamentos de alta tecnología es un movimiento por el acceso universal a los mismos. Sin embargo, al final y después de que los europeos recientemente cedieran la moratoria a la introducción de OGM, ambos movimientos confluyen en el llamado a la regulación de eta nueva tecnología con el fin de minimizar los efectos adversos sobre la población.

La segunda diferencia fundamental está en los miembros y la longitud de la cadena global de producción y comercialización de ambos tipos de bienes (alimentos y medicamentos), así como del rol que juegan los consumidores en uno y otro sector. A continuación desarrollaré más este tema:

La cadena global farmacéutica y su importancia para la movilización social

Uno de los aspectos que resulta más interesante del artículo de Schurman y Munro reseñado arriba es la integración que los autores hacen entre la literatura de movimientos sociales y la de cadenas globales de mercancías (global commodity chains) para mostrar que el éxito o fracaso de un determinado movimiento social depende, no sólo de su entorno político, sino también de a qué integrantes de la cadena de comercialización decida impactar.

Así, el movimiento británico ejerció influencia en varios de los eslabones de la cadena (agricultores, supermercados, consumidores), e identificó las debilidades que cada eslabón tenía. El movimiento estadounidense, por su parte, si bien intentó impactar los mismos eslabones de la cadena, encontró más fortalezas que debilidades en cada uno de los lazos, por lo que fue mucho menos efectivo.

Una de las nociones más interesantes de la teoría de las cadenas globales de mercancías es que implica que entre más larga sea la cadena, hay más puntos en donde puede ser interrumpida, y por lo tanto hay más oportunidades de impacto para los movimientos sociales. 

Siguiendo esta interpretación y considerando la importancia que tiene para los movimientos sociales el comprender la estructura de las cadenas globales de las mercancías, vale la pena analizar la cadena global farmacéutica. Al hacer una revisión rápida y superficial de dicha cadena, además de encontrar industriales, distribuidores, y grandes proveedores públicos y privados, nos encontramos con un actor prácticamente exclusivo[4] de la cadena global farmacéutica: se trata de un intermediario adicional que selecciona el producto pero no lo consume ni paga por él; se trata de “el médico”.

El eslabón vital en la cadena global farmacéutica: el médico

El médico es un actor fundamental de la cadena global farmacéutica en la medida en que, a diferencia de lo que sucede con los alimentos, en el campo farmacéutico no es el consumidor sino el médico quién toma las decisiones de consumo en representación de su paciente. El médico por lo tanto, es el actor que debería contar con la mejor información disponible para juzgar la calidad, seguridad, y costo-beneficio de las alternativas terapéuticas.

Sin embargo, el actor privilegiado que es el médico ha sido tradicionalmente visto como un intermediario más en la cadena, que ha sido manipulado por quienes tienen fuertes intereses financieros en la comercialización de uno u otro medicamento. Sin embargo, desde la óptica de la longitud de la cadena global farmacéutica el médico puede también ser visto como una oportunidad, un eslabón especial de la cadena sobre el que se podría ejercer una influencia positiva.

Si bien las relaciones entre el médico y la industria farmacéutica han sido tradicionalmente muy criticadas, y si bien muchas veces se ha considerado al médico como un actor cooptado y sobornado por la industria, lo cierto es que esa es una visión cada vez menos acertada. La relación entre el médico y la industria se hace cada día más borrosa, con la excepción de una minoría de médicos líderes que toman importantes decisiones de compra para administradores y proveedores de salud, o que trabajan en sectores primordialmente privados, y que por lo tanto siguen siendo atractivos para los esfuerzos mercadotécnicos de la industria farmacéutica.

Por el contrario, la mayoría de médicos hoy se encuentra en situaciones dramáticas de desprotección y destitución, al estar atrapados entre las necesidades de sus pacientes y el afán de beneficio económico y contención de costos de las aseguradoras y proveedoras de salud para quienes trabajan. Ese debilitamiento de la posición de poder del médico, si bien hace que pierda atractivo para la industria, sin duda representa una oportunidad para hacer de este importante eslabón un actor mucho más empoderado, que posea toda la información necesaria y pueda ponderar los beneficios para su paciente, a la vez que valora los incentivos económicos que determinados actores pueden tener para presionar ciertas decisiones de prescripción.

Es con los médicos no cooptados por la industria con quienes debe hacerse “contra-experticia”, identificando desde el punto de vista científico aquello que realmente constituye un avance terapéutico, de aquello que es simple apología con fines comerciales. Es con rigor científico que deben valorarse los posibles beneficios de estos tratamientos frente a los riesgos que implican sus efectos secundarios para los pacientes y sus costos excesivamente elevados para la viabilidad financiera de los sistemas de salud.

En este contexto, solo si se consigue concientizar a los médicos de la ponderación que debe existir entre los beneficios reales de los avances biotecnológicos frente a los riesgos que implican para los pacientes en lo clínico y para los sistemas de salud en lo económico (como el caso colombiano, que está a punto del colapso financiero por los sobrecostos de estos productos), podremos completar los esfuerzos de defensa de la salud pública que ya se están llevando a cabo en áreas tan importantes como la protección de propiedad intelectual o la vigilancia farmacológica.

En últimas, es el médico no cooptado el único eslabón de la cadena que cuenta con una autoridad moral basada en un código de ética, y con una autoridad científica al tener los elementos para entender la complejidad farmacológica. Los médicos no cooptados tienen que adoptar con responsabilidad su lugar protagónico en la cadena global farmacéutica, es a ellos a quienes les corresponde jugar el rol que jugaron los consumidores informados en el caso de los alimentos con OGM. 

En conclusión, es vital hacer disponible un sistema de información independiente, de alto nivel científico, para los médicos no cooptados, que brinde elementos objetivos para hacer contrapeso a la información provista por la industria. Es precisamente la identificación de esta necesidad lo que justifica el esfuerzo de la Federación Médica Colombiana, del Observatorio del Medicamento y de este Boletín.


[1] Es decir, la manipulación misma de los genes de un determinado organismo.
[2] El artículo se puede consultar (aunque con costo) en: http://www.journals.uchicago.edu/toc/ajs/2009/115/1
[3] Vea la campaña “Millions Against Monsanto” en http://www.organicconsumers.org/monlink.cfm con un video muy interesante titulado “El mundo según Monsanto”.
[4] Digo particularmente exclusivo porque las cadenas globales de insumos médicos y métodos diagnósticos podrían considerarse muy similares a la farmacéutica.


 Fuente: Observatorio del medicamento

Boletín Informática y Salud ISSN 0121-4675 | Res.Min.Gob.0036/91 | Año 19 Nro.52/2009 | Bogotá, 22a28dic/2009

Acerca de Dempeus per la salut pública

Col·lectiu de persones en defensa de la salut pública
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