La credibilidad y la salud publica frente a la Alineacion gripal


Interesante el debate que se ha producido en estos días a raíz de un artículo que publicaban en la edición impresa de la vanguardia del pasado 28/11/2009 Pedro Alonso y Antoni Trilla del hospital Clínic-Universitat de Barcelona, Centro de Investigación en Salud Internacional de Barcelona (Cresib) que está disponible en este enlace, en donde se defendía la vacunación contra la gripe A, y la respuesta, no publicada, del Dr Juan Ramón Laporte catedrático de Farmacología, de la Universitat Autònoma de Barcelona.
Me gusta especialmente a qué recurre cada artículo para defender sus posiciones, de la «credibilidad de los expertos» a los datos objetivos. Juzgad vosotros mismos.

Credibilidad y salud pública

Por Pedro Alonso y Antoni Trilla, hospital Clínic-Universitat de Barcelona. Centro de Investigación en Salud Internacional de Barcelona (LA VANGUARDIA, 28/11/09):

Dr Pedro AlonsoDr. Antoni TrillaDesde la revolución del neolítico hace 10.000 años, no se había producido una mejora en el estado de salud de las poblaciones humanas como la sufrida en los últimos 100 años. La mortalidad infantil ha disminuido, y continúa cayendo, la esperanza de vida ha aumentado en más de 25 años y hemos sido capaces de erradicar una enfermedad, la viruela. Muchos factores han participado en esta transformación, pero las dos intervenciones que más impacto han tenido son la provisión de agua potable y el desarrollo y aplicación de las vacunas. Las vacunas son el mayor logro de la medicina, más importantes aun que el descubrimiento de los antibióticos, y además de la viruela, están permitiendo el avance hacia la erradicación mundial de la poliomielitis y el sarampión. Especialmente en los países en vías de desarrollo, las vacunas son la intervención sanitaria más poderosa y costo-efectiva para prevenir enfermedades, salvar millones de vidas y lograr los objetivos de desarrollo del milenio de las Naciones Unidas.

Las vacunas son un bien público y tienen una connotación especial. Si yo no me vacuno, dejo de protegerme individualmente, pero obtengo gratis un beneficio gracias a que todos los demás se vacunan. Si una proporción importante de personas deja de vacunarse, algunas enfermedades reaparecerán. En los últimos años y debido a la acción de grupos religiosos contrarios a la vacunación, ha habido epidemias de sarampión en países como Holanda, EE. UU. y el Reino Unido. Mucho más grave es el caso de líderes religiosos de Nigeria difundiendo rumores sobre los efectos perversos de la vacunación contra la polio y dificultando el logro del bien universal que sería erradicar esta enfermedad.

Recientemente hemos sido testigos de un intenso debate en la sociedad y los medios de comunicación, particularmente los catalanes, sobre las bondades y los riesgos de la vacunación contra la gripe A. Vaya por delante el derecho de todos los ciudadanos, incluidos los profesionales sanitarios, a opinar sobre cualquier tema. Pero conviene recordar que no todas las opiniones tienen, o deberían tener, el mismo peso. A la sociedad hay que darle herramientas para diferenciar la credibilidad de los expertos sobre la de los que opinan pero no pueden acreditar un conocimiento avalado por los mecanismos de valoración entre profesionales: experiencia práctica específica en un campo concreto y producción científica contrastada. No bastan los títulos, no todos los médicos saben lo mismo de salud pública, de vacunas o de adyuvantes. El hábito no hace al monje.

Resulta todavía más incoherente que algunos profesionales sanitarios realicen, en foros no científicos y en debates públicos, afirmaciones o comentarios poniendo en duda la competencia profesional de organismos evaluadores encargados de certificar y garantizar la seguridad y eficacia de las vacunas, como la Agencia Europea del Medicamento o la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios. Más chocante es que expertos, incluyendo algunos con cargos al frente de entidades públicas sanitarias de vigilancia, se permitan frívolamente criticar las actuaciones de organismos públicos de los que forman parte activa. ¿Cómo han podido participar entonces en el trabajo de agencias evaluadoras que, según su opinión, están cargadas de inconsistencias y plagadas de conflictos de intereses? Desacreditar la industria farmacéutica es un valor seguro, es fácil y vende titulares. La falta de confianza general de los ciudadanos en la administración es, desafortunadamente, creciente y se puede extender a nuestro sistema sanitario, uno de los mejor valorados por los ciudadanos. La terrible paradoja es que los países que más necesitan confiar en estas instituciones vean con asombro que nosotros mismos las desacreditamos. Muchos países africanos se basan en los dictámenes de nuestras agencias para autorizar el uso de vacunas y otros fármacos en sus ciudadanos: confían en su rigor y en su buen trabajo

Para opinar en temas que afectan a la salud de las poblaciones, hay que tener responsabilidad y conocimiento. Estos elementos estuvieron ausentes en la crisis protagonizada por Sudáfrica cuando el anterior presidente y su ministra de Salud, convencidos por un pseudocientífico experto,negaron que el virus del sida causaba esa enfermedad y en lugar de implementar medidas agresivas de control y tratamiento de la enfermedad con antirretrovirales, recomendaron un tratamiento a base de limones y patatas. Hoy Sudáfrica tiene el privilegio de registrar algunos de los datos más desoladores de la epidemia de sida en el mundo. Las opiniones no informadas de sus dirigentes, atendiendo a teorías conspirativas, han causado la infección y muerte de cientos de miles de ciudadanos y han llevado a la posibilidad de que en los próximos meses se presente contra ellos una denuncia en el Tribunal Internacional de la Haya por genocidio.

La investigación biomédica tiene depositadas en las vacunas muchas esperanzas para controlar eficazmente las enfermedades infecciosas. También investiga la posibilidad, en algunos casos ya real, de vacunarse frente a enfermedades crónicas o frente a algunos tipos de cáncer. El empleo de nuevos adyuvantes es esencial para avanzar en la obtención de vacunas más eficaces contra las enfermedades más complejas a las que nos enfrentamos hoy en día. Seguras ya lo son, y mejorarán más su seguridad en el futuro. No hay riesgo cero, pero si las vacunas no fuesen seguras y los adyuvantes fuesen perjudiciales, millones de personas vacunadas en todo el mundo habrían padecido por ello graves consecuencias. Las opiniones sólo deberían valorarse tras evaluar y contrastar la credibilidad científica y técnica, el rigor y la capacidad de demostrar los hechos y la coherencia y confianza en quien las emite. Hay que evitar a los charlatanes y a los que sólo buscan su promoción personal. No vale todo. En salud pública esto es especialmente importante. Está en juego un complejo equilibrio del que depende nuestra salud, la salud de todos.

y la respuesta:

Alienacion gripal

Por Joan-Ramon Laporte, catedrático de Farmacología, Universitat Autònoma de Barcelona. Artículo de respuesta a ‘Credibilidad y salud pública’, de P.Alonso y A. Trilla, publicado en La Vanguardia el 28 de noviembre de 2009, y que no fue aceptado para publicación. 

Dr. Joan-Ramon LaportePersonas que creen tener el monopolio de la credibilidad nos recuerdan que las vacunas son uno de los mayores logros de la medicina. Obvio. No obstante, estas mismas personas no parecen ser capaces de distinguir enfermedades devastadoras, como la viruela o la poliomielitis, de la gripe de este año. Tampoco distinguen el impacto sanitario de la vacunación contra la polio del de la vacunación contra la gripe.

El argumento es pueril: debemos vacunarnos contra la gripe porque la vacunación contra la viruela salvó muchas vidas. Pero la puerilidad no equivale a candor: a continuación arremeten, sin nombrarlas, contra algunas de las personas que no comparten sus creencias mal fundamentadas y escasamente reflexionadas.

Ante la avalancha de informaciones, tienen razón los que opinan que a la sociedad hay que darle herramientas para juzgar la credibilidad. Cuatro ideas pueden ayudar a formar un juicio.

La primera, más de siete meses después de su inicio, de momento se puede afirmar que la actual epidemia de gripe es mucho más benigna que en años anteriores: si en temporadas gripales de los años pasados morían en España entre 18 y 99 personas al día, este año han muerto en total unas 170 tras unos meses de “pandemia”. A pesar de que afecta a un mayor número de personas jóvenes, la gripe de este año causa menos muertes entre jóvenes que las de años anteriores. Se exagera su gravedad.

En segundo lugar, según el Consell Cientific Assessor del Pla Pandèmic de Grip a Catalunya, una mujer embarazada tiene cuatro veces más riesgo de gripe complicada (3,2 por millón) que una no embarazada (0,8 por millón). A pesar de que el riesgo sea cuatro veces más alto, sigue siendo muy bajo en términos absolutos, y no justifica que deba vacunarse a todas las embarazadas.

En tercer lugar, las vacunas aprobadas por la Agencia Europea de Medicamentos (EMEA) lo fueron por un procedimiento denominado de “circunstancias excepcionales”. Los documentos públicos de la EMEA afirman de manera explícita que cuando fueron aprobadas, la información sobre su efecto sobre la inmunidad, seguridad y eficacia era “solo limitada”, y debe ser comprobada durante su uso. Dicho en otras palabras: no se conoce con precisión la efectividad y la seguridad de las vacunas.

En cuarto lugar, las vacunas están constituidas básicamente por tres tipos de componentes: las partículas virales con las que se pretende inducir inmunidad, los excipientes y conservantes, y los adyuvantes. Hay experiencia de años anteriores con casi todos los mismos excipientes, conservantes y adyuvantes, pero no con la totalidad de la composición actual de la vacuna, ni con la dosis de cada componente. Es como si un nuevo automóvil estuviera montado con un motor, un chasis o una carrocería que han circulado antes en automóviles distintos, pero no formando un automóvil entero. Por eso hay incertidumbre sobre su efectividad y su seguridad. Cuando fueron aprobadas por la EMEA sólo una de las tres vacunas había sido evaluada en seres humanos con su composición actual. Y solamente en 62 personas sanas, que ni estaban embarazadas ni formaban parte de los grupos de riesgo para los que se está recomendando la vacunación.

Por todo ello, hubiera parecido lógico aplicar mayor prudencia a las recomendaciones de vacunar, darnos tiempo para estudiar la vacuna con mayor detalle en grupos de riesgo, y así poder tomar decisiones mejor informadas en el próximo invierno.

El procedimiento excepcional de aprobación de vacunas por la EMEA se aplica en caso de emergencia. La Comisión Europea justifica la emergencia porque la OMS declaró una pandemia el pasado mes de junio, cuando no se conocía la relativa benignidad de la epidemia. ¿Por qué se declara y se mantiene una situación de emergencia en una temporada de gripe que es más benévola que la de años anteriores? Las emergencias suelen conllevar la restricción de la transparencia y de la rendición de cuentas, así como comportamientos autoritarios. Las emergencias instalan la excepción como regla: se aplican procedimientos inusuales de aprobación de fármacos, se relativizan las reglas de evaluación, se prescinde de las garantías habituales, tanto las sanitarias como las sociales. Surgen personas arrogantes que no soportan que se den opiniones contrarias a las suyas “en foros no científicos y en debates públicos”, pues creen que este derecho les está reservado sólo a ellos.

Efectivamente, nos encontramos ante una pandemia. Pandemia de alarmismo, de recomendaciones injustificadas y de medidas no basadas en pruebas.

En nuestra sociedad secularizada, en la que adoramos la salud total y el riesgo cero, poblada por los nuevos dioses laicos (“Bruselas”, Agencia Europea del Medicamento, Consejo Interterritorial de Salud), ya no se atemoriza a la población con la amenaza del infierno, sino con amenazas para la salud. Emergencia injustificada de salud pública, compra y aprovisionamiento de “reservas estratégicas” de antivíricos y luego de vacunas, devolución de los antivíricos a las farmacias justo cuando los CDC norteamericanos y la OMS proponen reservarlos sólo para hospitales, marginación y en ocasiones ridiculización y medias bromas sobre quienes discrepan y críticas personales en medios de comunicación, por no citar otras teatralizaciones.

Efectivamente, como alguien dijo recientemente, hay que evitar a los charlatanes y a los que solo buscan su promoción personal. El problema no es sólo de salud pública frente a una enfermedad contagiosa, sino de salud mental y social, de preservación de los valores de la sociedad abierta, en la que los organismos de la administración pública y los expertos deben estar al servicio de los ciudadanos. Para ello, deberían hacer un esfuerzo para atreverse a pensar por sí mismos. Como hubiera dicho Manuel Vázquez Montalbán citando a Confucio, el analfabeto del pasado es el lector acrítico del presente.


Fuente: La credibilidad y la salud publica frente a la Alineacion gripal Salud y otras cosas de comer.

Acerca de Dempeus per la salut pública

Col·lectiu de persones en defensa de la salut pública
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