La lección de Fleming


Un company de l’ACAF ens envia aquest excel·lent article sobre el descobriment de la penicil·lina, que és tota una lliçó per la industria farmacèutica d’avui.

Alexander FlemingTerminaba el verano de 1928 cuando una diminuta espora de moho entró volando por una ventana de Praed Street, en Londres, y cambió la historia de la humanidad. Hacía calor y Alexander Fleming, escocés y médico, quiso ventilar su modesto laboratorio del Saint Mary’s Hospital, en el distrito de Paddington.

Decía Pasteur que el azar no favorece más que a los espíritus preparados. Y, sin duda, así ocurrió en aquella ocasión, porque la minúscula espora de Penicillium Notatum fue a depositarse en uno de los cultivos microbianos con los que trabajaba Fleming, quien había dedicado los últimos quince años de su vida a buscar la bala mágica de Paul Ehrlich, que matara a los invasores sin dañar el cuerpo invadido. Fleming obtuvo un extracto líquido a partir del cultivo del hongo y pudo observar un poderoso fenómeno de antibiosis y la nula toxicidad del producto, al que llamó penicilina. El problema era que esta sustancia no podía ser utilizada directamente con fines terapéuticos. Era necesario concentrarla y purificarla para obtener el principio activo. Los químicos se pusieron manos a la obra, pero la penicilina, sumamente inestable, se desvanecía sin remedio.

Howard Florey y Ernst ChainTranscurrió más de una década hasta que Howard Florey y Ernst Chain, al frente de un equipo de científicos de la Universidad de Oxford, fueron capaces de concentrarla, estabilizarla y purificarla parcialmente. Con este producto, unas mil veces más activo que la penicilina en bruto, realizaron varios experimentos con ratones, cuyos espectaculares resultados fueron publicados en The Lancet el 24 de agosto de 1940. Al leerlo, Fleming, que nunca había perdido la fe en la penicilina como agente terapéutico, corrió a felicitar al equipo de Oxford. “Son los sabios químicos que hubiera deseado tener a mi lado en 1929”, afirmó al regresar a Londres. La primera prueba de la penicilina en un ser humano se realizó en febrero de 1941. El paciente, que agonizaba por una septicemia, reaccionó inmediatamente a las inyecciones de penicilina, pero finalmente falleció porque la escasez del producto (a pesar de que se recuperó cierta cantidad a partir de su propia orina) no les permitió finalizar el tratamiento. Las siguientes experiencias fueron exitosas, pero la dificultad de obtener cantidades significativas del producto parecía insalvable. En plena Segunda Guerra Mundial, todos los fabricantes británicos de productos químicos a los que acudieron declinaron abordar el problema. El método de Florey y Chain, dijeron, no permitía la producción industrial de la penicilina; harían falta miles de litros de cultivo para tratar un solo caso.

Así las cosas, decidieron acudir a los Estados Unidos, donde el azar, una vez más, jugaría un relevante papel. En Peoria, Illinois, se había creado un laboratorio con el fin de solucionar un grave problema: encontrar una aplicación para un líquido, subproducto de la obtención de almidón a partir del maíz, que se acumulaba por toneladas en la región. Y resultó que el líquido que tanto molestaba a los americanos era el medio ideal para el cultivo de la penicilina que tanto necesitaban los británicos. Ni Fleming ni ninguno de los científicos del equipo de Oxford registró patente alguna sobre sus descubrimientos. Todos ellos pensaban que la penicilina debía ser un patrimonio de la humanidad. Cedieron todo su conocimiento y resultados de años de investigación a los americanos sin ninguna condición; tan solo querían penicilina para proseguir sus ensayos clínicos.

penicilinaEn septiembre de 1942, cuando ya no quedaba ninguna duda de las cualidades de la penicilina, el Gobierno británico convocó una reunión con los científicos y las industrias farmacéuticas, con el objetivo de producirla rápidamente y a gran escala. El organizador del encuentro fue sir Cecil Weir, director general de suministros, quien afirmó que todos los datos sobre la producción de la sustancia deberían ser puestos en común sin restricción alguna. La reacción fue unánime y positiva: todos se comprometieron a poner sus conocimientos el servicio de la comunidad. Al finalizar la conferencia, Arthur Mortimer, ayudante de Sir Cecil Weir, comentó: “Esta será una reunión histórica, no solo en los anales de la medicina, sino probablemente en la historia del mundo. Por primera vez, todos aquellos que participarán en la producción de un remedio aportarán su ciencia y su trabajo sin ninguna reserva mental de beneficio o de ambición”. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial se patentaron algunos procedimientos de fabricación, pero la penicilina quedó al margen de cualquier patente o derecho. Fleming, Florey y Chain compartieron el premio Nobel de Medicina de 1945.

El ejemplo que nos brinda la vida de Fleming y el esfuerzo común y desinteresado para el desarrollo de la penicilina, debe invitarnos, en estos tiempos de crisis social, a una profunda reflexión en el plano personal y en el colectivo. Por un lado, debemos plantearnos la búsqueda de la felicidad individual a través de valores humanos auténticos, no de burdos sucedáneos materiales. Desde el punto de vista social, debemos superar definitivamente, por amoral y obsoleta, la teoría económica basada en la mano invisible de Adam Smith. El mercado puede regular el precio del tabaco o decidir la próxima tecnología de vídeo doméstico, pero en un planeta donde la inmensa mayoría de sus habitantes permanece en la miseria, ciertas decisiones no pueden quedar en manos del mercado. Deben tomarlas las personas, desde la ética, la solidaridad y la justicia. ¿Seremos capaces de librarnos, por fin, del economicismo como única clave para construir nuestras vidas, o, cuando los brotes verdes florezcan, volveremos a las andadas?

LAUREANO ZURITA ESPINOSA

Acerca de Dempeus per la salut pública

Col·lectiu de persones en defensa de la salut pública
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Una respuesta a La lección de Fleming

  1. jose dijo:

    q wapo aso de la penicilina

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